miércoles, 10 de septiembre de 2008

Registro IV


27 de agosto

Estamos en la biblioteca recién comenzada la mañana. Los alumnos debían escoger de nuestra antología un poema para leer en voz alta. Antes de comenzar con la lectura hacemos algunos ejercicios para relajar las cuerdas vocales y mejorar nuestra postura. Es muy temprano y muchos de nosotros no hemos usado la voz en absoluto. Les explico cómo nuestro aparato fonador emite el sonido de la voz y cómo podemos ayudar a que ésta sea más clara. Después de los ejercicios les leo yo primero. Para abrir la ronda de lectura elegí el poema “Vegetaciones” del Canto general de Pablo Neruda. Luego, les pregunto quiénes quieren leer. No todos levantan la mano, pero se anima la mayoría.
Antes de que ellos le den continuidad a la ronda, subrayo que para lograr una buena lectura la responsabilidad corre por cuenta del que escucha y del que lee. El primero aporta su interés en lo que el otro leerá, también el silencio, y el que lee hace su parte con las palabras compartidas. Los poemas de la antología más elegidos son “Estado de animo”, “En la carpeta”, “Ama tu ritmo”, “Sombras de los días por venir” y “La carencia”. No tenemos inconveniente si repiten la lectura del poema de un compañero, la lectura siempre renueva lo que se dice a través de la forma que toma en la voz de quien lee.
Las primeras lecturas son de un singular atractivo para todos, el grado de atención es tal que no hace falta hacer ningún tipo de señalamiento o advertencia. Se escuchan, se reconocen, se interesan. Construyen un silencio artesanal donde entran cómodas las palabras. La lectura de “Estado de ánimo” que hace Walter con su voz de laguna es tan acertada que todos nos quedamos en silencio un tiempo largo. Le explico que ese silencio nuestro es un elogio porque demuestra nuestras ganas de seguir escuchando.
Lucía, alumna con una gran predisposición para el canto y la actuación, sumada a su desenfado natural, me propone cantar en vez de leer el poema de Darío “Ama tu ritmo”. Como la empresa me parece demasiado compleja para que se lleve a cabo en la improvisación total, le propongo que esta vez nos lo lea y que ensaye una interpretación musical para más adelante. Le explico que el poema es en sí muy difícil (los encabalgamientos y el uso de palabras desconocidas para ellos son la dificultad mayor), y que su sola lectura le va a llevar trabajo. Acepta, pero insiste que nos lo cantará la próxima. Nos parece bien, si lo practica previamente.
Todos los que leen reciben de parte del auditorio de compañeros un silencio inédito y bajo mi recomendación –por ser los primeros ensayos– sólo palabras elogiosas que destacan lo positivo de la lectura porque ya tendremos oportunidad de marcar errores.
El timbre, que resulta tan ajeno a todo lo que hemos logrado en cuarenta minutos, nos arrebata la paciencia, la escucha y la palabra serena como quien deja caer una pequeña vasija al suelo.

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