LA DICHA DE ENCONTRARSE




¿Dónde empieza nuestra patria? ¿Acaso en la arbitrariedad de una fecha? ¿En una guerra, en varias, en la Plaza Mayor con sol o lluvia, en Haití, en Chuquisaca, en Buenos Aires, en las minas de plata del Potosí o en los Valles Calchaquíes? Tal vez en todos esos lugares o en ninguno. Tal vez porque hoy la historia empieza en otro lado, que no es un “lado”, digo, no es un lugar geográfico ni es un punto en la línea de tiempo, la patria empieza en un espejo. La patria empieza en un espejo que la historia, los hombres y mujeres con todo su equipaje vamos armando y desarmando a lo largo del tiempo. También en la escuela podemos señalar sus inicios, también en la academia o en contra de ella, también en la calle colmada de pañuelos. Porque la historia, incluso la historia de estas palabras está imbricada en el tiempo que nos toca vivir y nos devuelve una imagen nueva de lo que fuimos y de lo que queremos ser.
Érase un día de aquellos en que el proyector de la sala de informática y las computadoras nos recibían de brazos abiertos, plenos de wifi y amistosos con los torpes humanos. En que cada niño y niña tomaba su lugar en una silla mientras se disponían a mirar los pixeles de una pantalla enorme con una serie de indicaciones del maestro. Era un día de otoño, era un 24 de mayo. Habíamos elegido seguir por el camino de la imagen y el sonido lo que había comenzado en un texto de manual. Habíamos pautado ser espectadores frente a una reconstrucción documental con aires de ficción. El material, Capitulo I del ciclo “Ver la historia” titulado “El pueblo en armas”, que condujo divulgador Felipe Pigna. Un fragmento, apenas veinte minutos de los cincuenta y pico que dura el video.   
Vale decir que las imágenes y la narración nos llevaban a un derruido tablado donde espectadores y protagonistas se alternan los roles. Un tipo flacucho del público mira y escucha la historia de un abogado rebelde, para luego encarnar a un Mariano Moreno que deja su último aliento en altamar. Un hombre entrado en canas se remuerde los labios cuando fusilan a Liniers. Le duele porque Santiago de Liniers es él mismo: en la butaca y en los montes de Cabeza de Tigre.
Discurríamos entre cañonazos y sables, resoplidos de caballos y escenarios de reconquistas y cabildos. Hasta que en primer plano aparece ella. Una mujer morocha, vistiendo uniforme de soldada, fusil en mano. La cara expectante, rodeada de tipos también endurecidos por la inminente batalla, mira hacia el cielo de noche, escucha los truenos que anticipan la tormenta presiente la sangre. Se intuyen órdenes próximas de avanzada: ¡Carguen… desenfunden… vamos! Choque de metales y de pólvoras que envolverán la atmósfera en su propio lío de mutilación y muerte. Nada es del todo explícito; nada, salvo los gestos mínimos y el primer plano de ella aferrada a su fusil, el pelo recogido y los ojos negros mirando a cámara. Suponemos que se puede tratar de una Remedios del Valle, capitana negra hija de esclavo y esclava que peleó contra los realistas bajo el mando de Manuel Belgrano o más probablemente la misma Juana Azurduy que se suma a la gesta independentista en el Éxodo Jujeño y pelea en la batalla de Ayohuma junto al Ejército del Norte y más tarde comanda a los jinetes y jinetas que vuelven locos a los realistas y les arrebatan los estandartes. Esa que murió en la pobreza y que mucho más tarde fue canción. En cualquier caso, ella nos mira, ella dice sin hablar: acá estuvimos no sólo zurciendo banderas, curando enfermos, tocando el clavecín en la tertulia o vendiendo mazamorra para el amo. Acá estuvimos las invisibles, las hijas de las hijas, las nosotras ausentes en las páginas de historia. Acá en el mismo sitio donde sólo se dijo patria con elipsis de Kapelusz o con bronce opaco de héroes, acá donde se vertió sangre de hombre, acá dejamos la sangre también, y entonces no fue sólo con hombres que se recuperó la tierra arrebatada.
Anabella, nuestra espectadora de este lado de la ficción, sentada en su butaca, se levanta -o su puño en alto la levanta a ella-, y en un grito nos consume a todos:
-¡Vaaaaamos, una mujer!¡Es una mujer!- y se le dibuja una sonrisa interminable. La miramos todos y todas sin decir palabra. Yo mismo me la quedo mirando un rato: la sonrisa no se le borra.
Horas más tarde le cuento la situación y la reacción de Ana a la profesora Victoria. Sonriente y con sencillez, como si supiera lo que había pasado por la cabeza de la estudiante (y más seguramente porque lo sabía y lo sentía) me dice algo así como:
-Es la emoción de encontrarse ahí, de reflejarse, de reconocerse en esa mujer- y lo dice mejor, y más claro, y mis ideas sobre lo que había sucedido en esa exaltación de niña, en esa felicidad del grito de Anabella toman forma, toman otra forma.
Todo se trataba de un encuentro. Del encuentro de ella con su historia, de su morocha mirada con los ojos aindiados de la mujer tomando las armas, de ella con su historia negada siglo a siglo. Fue poder reflejarse en ella misma, en un espejo de verdad que al fin le hablaba como ella quería. Fue ella en la butaca y también en Ayohuma. Una dicha que no podemos experimentar, salvo que sintamos la ausencia de ser, la ausencia de identidad, la ausencia de nosotros en el relato de la historia. Y como varones eso es, en la práctica, imposible. Se vio allí protagonista, mujer. Se vio Matria, hecha historia, hecha presente.
Estoy seguro de que en esa mañana no fue ella la que aprendió la lección. La lección fue para nosotros porque fue de ella.


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