jueves, 3 de julio de 2008

Un elefante en el aula



¿Acaso la podemos apagar? ¿No viene con nosotros a hacernos compañía? ¿Quién le dio fecha de vencimiento? Porque hoy también es el día de la memoria, un relato para compartir hoy, ayer, mañana.



Un elefante en el aula


Se empiezan a moderar los movimientos de sus cuerpos, roncan las sillas cuando las arrastran, sus voces se van achicando y buscan rincones a dónde no llega mi oído. Entramos al salón después del recreo. Yo estoy ansioso, apenas conozco a los alumnos de sexto grado. Me sale un “buenos días” apagado y lo repito con más entusiasmo, recién entonces escucho que me responden inclusive desde el fondo del aula.
-Voy a leerles un cuento. -digo y espero para captar alguna reacción de las que se concentran en la mirada o en la boca de los que escuchan- Lo elegí porque tiene relación con el tema del golpe que empezamos a ver en la semana.
En ese instante me doy cuenta -distracción fatal- de que me olvidé el ejemplar en la biblioteca y le pido a una de las alumnas que me haga el favor de ir a buscarlo. Empiezo a contar de qué se trata el cuento, a quién le pertenece y qué suerte tuvo durante la dictadura. Llega Laura (mi alumna) con "Un elefante ocupa mucho espacio" entre sus manos y como si fuese una vasija frágil me lo entrega.
-¿Éste, Profe?.
-Sí, gracias.- Le respondo y sigo con la clase: muestro la tapa, menciono el título, el nombre de la autora y la fecha en que fue editado el libro (1975). Por suerte tenemos la primera edición: tapas duras, hojas gruesas, peso, edad y colores fuertes.
-Sólo les voy a leer este cuento, el primero, el que lleva el nombre de todo el libro.- les muestro en un aleteo la cantidad de páginas -No vamos a prestarle mucha atención a la forma en que está escrito, porque tal vez nos suene que es para chicos más chicos, pero sí vamos a pensar por qué a los militares se les habrá ocurrido prohibir el libro.- me dispongo a leer.
Trato de poner tonos distintos, de hacer pausas precisas, de acelerar cuando lo considero inevitable. Tengo la sensación de que me falta expresividad. Intento no distraerme con eso; voy despacio, llego al final, y debo decir “fin”, después de un instante mayor a lo que sería habitual, para romper el silencio de cristal.
Las voces se desperezan solas y al rato forman cascadas. Es difícil que todos nos escuchemos así, entonces pido que levanten las manos para hablar:
-Seguro que los militares pensaban que se estaba hablando de ellos y lo prohibieron.- Dice Mauro y le hago referencia a la fecha de edición que es anterior al golpe para que sigamos pensando porqué podrían interpretar eso.
-Al menos la autora no se refería a estos militares cuando lo escribió, aunque ellos quizá hayan pensado que sí- le respondo.
Se destaca la voz de Carolina entre el borbollón de voces que se empieza a formar:
-No estaban de acuerdo con lo que pasaba en el cuento, por eso lo sacaron- dice.
-¿Y qué pasaba en el cuento para que les molestara tanto?- después de la pregunta se empiezan a levantar las manos y las palabras que salen solas y acompañadas. La clase sigue entre lo imprescindible y lo justo, la reflexión y el compromiso: “que los animales no eran libres”, “que estaba bien que hicieran huelga”, “que los humanos los trataban mal y por eso se rebelaron”. Todos hablan. Una alumna dice por ahí que “nos querían sacar la esperanza”, lo anoto en el pizarrón y se ruboriza.
Antes de cerrar la clase, les propongo escuchar lo que dijo Elsa Bornemann sobre la prohibición del cuento:

"La prohibición afectó particularmente mi relación con la existencia. En especial, debido a la gran cantidad de personas que decían apreciarme, quererme y que se borraron por completo a causa del decreto militar. Por extensión arbitraria del mismo tuve vedado el acceso a todo establecimiento de educación pública (de cualquier lugar de la Argentina y de cualquier nivel) hasta que terminó la dictadura." (Un golpe a los libros [1976-1983]. Bs. As., 2001)

La indignación de los alumnos no se hizo esperar; había quejas por todos los rincones, caras de impotencia:
-Pero entonces..., la prohibieron a ella...- dice Javier y le pido que ¡por favor! lo repita. Se comprendió la gravedad del asunto: prohibir un libro, prohibir a un ser humano.
La hora se nos está por ir, los chicos me piden que lea otro, les digo que ya no queda tiempo (la literatura tiene su fuerza de atracción, pero el timbre es un imán fuerte), que es preferible hacerlo en otro momento. Suena el recreo en el patio y los tres alumnos geográficamente más cercanos se me acercan y me piden el libro (Omar ya lo había estado hojeando mientras yo daba la clase), les digo que es el único ejemplar que tengo, pero que pueden ir a la biblioteca a buscar otros.
Tres alumnos salen corriendo a buscar un elefante…