viernes, 10 de julio de 2009

José Martí y la educación


Urgencia y necesidad catalizan la acción, nos sacuden de la siesta, nos empujan hacia afuera. La tensión entre lo público y lo privado actualizada en el marco de la política educativa (dirigida, digerida) por los lineamientos decadentes del Banco Mundial puesta en práctica por los granaderos del gobierno nacional y por los cipayos del macrismo nos vienen sacudiendo como hace décadas. Las asambleas germinan, la calle se ocupa, las clases públicas se instalan y se plantean recuperar el espacio público; las burocracias celestiales se tapan la boca para rajarse alguna puteadita inofensiva. Pocos ámbitos democráticos y de participación real como las susodichas asambleas distritales y la iniciativa de un sindicato (Ademys) de abrir sus asambleas a todos los docentes responden en oposición decidida a la crisis educativa de Buenos Aires.

La urgencia y la necesidad catalizan la escritura, será por eso que hace un año maestros de la Ciudad de Buenos Aires con y sin filiación sindical decidimos publicar "Sacapuntas", una revista de educación hecha por docentes, una herramienta de reflexión para la acción. De allí esta nota sobre el cubano José Martí, educador, poeta, revolucionario.

El poeta, periodista y héroe de la independencia cubana fue también educador. Entre sus textos combatientes, los que cimentaron la lucha por independizarse del coloniaje español y los que alertaron sobre la voracidad de los EE.UU., deben incluirse también aquellos en los que expresó sus ideas sobre la educación de las mujeres y hombres de América Latina como arma sutil con la que enfrentó a los mismos enemigos. Este es un recorrido por algunas de sus experiencias pedagógicas y las ideas que las sustentaban.

Lejos de su isla, los dolores ulcerantes en la cintura y los tobillos le recuerdan invariablemente los grilletes del presidio. Corre el año de 1871, exiliado en Madrid y escaso de recursos, comienza a costearse sus estudios de Derecho, Filosofía y Letras como preceptor particular de los hijos de Doña Barbarita Echeverría. Esa experiencia lo aproxima a la educación, tema que le costará páginas dispersas.
Como político, ejerció el periodismo; siendo periodista trabajó la filigrana del material poético y escribió artículos sin retorcida retórica y llenos de belleza; el poeta que fue prefirió por igual las rosas y los puñales. Su preocupación por la pedagogía es un hilo que atraviesa a lo largo sus pensamientos escritos. Sólo en ese sentido podemos construir el perfil educador martiano: buscando en los fragmentos de su obra larga, en los retazos de esa textura caudalosa. No hay un compendio, conjunto o saga sobre la educación. Sus conceptos fueron volcados en el fragor de una escritura urgente, en la inmediatez que imponía la lucha por la independencia. Pero a su vez, esa escritura diseminada en periódicos, cartas y revistas compone el atractivo de un ideario pedagógico singular, y el ejercicio de una búsqueda, la intriga de lo incompleto; la ausencia de un volumen entero obliga a hacer un recorrido muy distinto de aquel que nos proponen las grandes teorías.

Número 77 de la calle William, en Nueva York: se reciben pedidos de La Edad de Oro. La publicación con tapa a dos colores -blanco y celeste-, láminas, cuentos, poemas y noticias del mundo es enteramente redactada por Martí. Con una forma pulida y accesible se embarca en el programa estético, literario y, por ende, político dedicado por completo a enriquecer la infancia de los futuros hombres y mujeres de América.
En el primer número, de julio de 1889, se encabezan sus treinta y dos páginas con estas palabras: "Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto (…) Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora. Para eso se publica LA EDAD DE ORO: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras: y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar."
Un relato adaptado de la Ilíada de Homero, una historia del juego de “la gallina ciega” (nuestro gallito ciego) que se remonta a Francia, el poema Dos milagros y la historia Tres héroes donde retrata a San Martín, Bolívar e Hidalgo son algunos de los textos de esta primera edición. La revista tuvo en total cuatro números y luego fue reeditada en formato de libro una buena cantidad de veces. En ese relato sobre los héroes, se funde una visión de la historia de la independencia del continente con una declaración sobre el peligroso futuro del mismo si no se lo defiende de los nuevos imperios, y el destinatario es el público infantil: "El corazón se llena de ternura al pensar en esos gigantescos fundadores. Esos son héroes; los que pelean para hacer a los pueblos libres, o los que padecen en pobreza y desgracia por defender una gran verdad. Los que pelean por la ambición, por hacer esclavos a otros pueblos, por tener más mando, por quitarle a otro pueblo sus tierras, no son héroes, sino criminales."
Instalado, pero inquieto, inconforme. En los EE.UU., donde se forja el progreso de unos pocos y se cocina la miseria de unos cuantos, trabaja Martí, que viene de una patria de color. En aquella tierra, de la que ha admirado a su mayor poeta, es decir, a Walt Withman. En la patria de los que olfatean como ahora el olor del petróleo y se lanzan a la conquista del Oeste. El la cuna del periodismo amarillo. En la nación que ambiciona el Sur nuestro, Martí prepara sus armas de papel, y de las otras. Enfila contra la España oxidada que somete aún a la isla de Cuba y advierte a los latinoamericanos, del águila codiciosa que se cierne desde el Norte sobre nuestras cabezas. Prepara puñales y palabras, armas y hombres, porque no siente vergüenza de la pólvora bien apuntada contra el enemigo y sabe que no habrá patria sin educación. Es de noche, y el cubano entra al local de “La Liga de Instrucción” para obreros de color, donde ejerce su oficio de maestro y orador.
Ha comenzado la última década del siglo XIX, que lo tiene trabajando por la libertad de un pueblo. En sus páginas, se percibe el amor sincero por la formación intelectual de sus compatriotas. El amor está ligado al acto de enseñar. En la revista que él fundó, publica un comentario sobre esa fértil actividad educativa: "‘La Liga’ de New York es una casa de educación y de cariño, aunque quien dice educar, ya dice querer. En “La Liga” se reúnen, después de la fatiga del trabajo, los que saben que sólo hay dicha verdadera en la amistad y en la cultura (…). A leer y escribir aprenden unos en una mesa, y otros, estudiándose y corrigiéndose los ensayos, bracean en lo más hondo del corazón humano, y buscan, para la luz del juicio y el bien del país, lo oculto y verdadero que apenas se entrevé en las páginas de la historia." (Patria, 25 de marzo de 1892)
Y si nos permitimos algo más sobre esa escuela popular, es sólo para formarnos una mejor idea: " 'La Liga' de Nueva York, la casa de cariño y enseñanza donde se junta, al calor de la estufa pagada por los pobres, un grupo tenaz de hombres verdaderos, tuvo reunión hermosa el jueves. Vuelve a sus clases, y se le llenó el salón. Las mujeres fueron: ancianas recién llegadas de Cuba, y patriarcas de los pueblos de Oriente, y mozos en cuya frente altiva chispea la libertad. El trabajo de los talleres se acaba a las seis, y acá en New York se vive muy lejos del lugar de trabajar; pero a las ocho ya estaban en la casa de cariño aquellas almas disciplinadas. “La Liga”,-¿no se sabe por cuántos tiene corazón?- el hogar de ideas que desde hace años pagan, del sacrificio de sus difíciles salarios, unos cuantos obreros cubanos, obreros de color: de esos obreros nuestros, que, aunque parezca burla a algún inútil, tienen abierto en su mesa de trabajar, de ganarse el pan fiero e independiente, la Educación de Spencer o el Bonaparte de Iung o la Vida de Plutarco: y el que no tenga miedo a las escaleras oscuras, que se ponga la camisa al codo, y vaya a verlo. Salón más cortés no hay que el de “La liga”, ni de gente más sincera y elegante." (Patria, 4 de noviembre de 1894)
Como todo maestro, tuvo sus propios maestros. No fueron pedagogos importados, sino hombres de esta América Latina. A uno de ellos, José De la Luz, le rinde un profundo homenaje: "Pudo lucir en las academias sin esfuerzo su ciencia copiosa, y sólo mostró lo que sabía de la verdad, cuando era indispensable defenderla. Pudo escribir en obras -para su patria al menos- inmortales, lo que, ayudando la soberanía de su entendimiento con la piedad de su corazón, aprendió en los libros y en la naturaleza, sobre la música de lo creado y el sentido del mundo, y no escribió en los libros, que recompensan, sino en las almas, que suelen olvidar. Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para trasmitirlo. Sembró hombres." (El Economista Americano, Nueva York, marzo de 1888)
Algunos leerán en esas palabras sólo el peso de una generación de intelectuales formados a la europea. Y es evidente que a Martí lo atraviesan las marcas de su siglo: que fue positivista, sí, pero seguro con más confianza en el hombre que en el progreso vacío. En esas pocas líneas de "El economista..." se dice mucho. Se elige la emancipación de los hombres por sobre la fortuna y el prestigio individual, que no es poco. Se toma posición como educador, como intelectual. Se incita. Se dice mucho más de lo que está escrito.
Estos pedacitos sueltos de texto son una incitación para educadores y maestros. Vibran muchas veces las paredes de la escuela cuando la tarea pedagógica es vinculada a la tarea política, se escinde una de la otra como si fueran mundos paralelos. De esta separación no es única responsable la escuela, pero no es ajena. Repensar a Martí como educador, pensar a los maestros como actores políticos y a los “padres del aula” vernáculos como políticos es una necesidad de la escuela. La presencia de Martí en páginas como estas no son más que la invitación a pensar en un maestro, en un intelectual y en un educador comprometido políticamente como una clave para leer y actuar en el presente de nuestra historia y de nuestra escuela.
(En "Sacapuntas"; nº 1 año I julio de 2008)